Ser poeta -el festival en el Instituto Santa Rita- (por Cecilia Perna)





Ayer fue la última jornada del Festival de Poesía en la Escuela. 
Entré a dar taller en un quinto grado del Instituto Santa Rita. Era mi tercer día y mi tercer colegio de fiesta. Me presenté. Dije que era poeta. Y les pregunté a los nenes qué era la poesía. Muy rápidamente, con sus 10 años dulces, agarraron sus carpetas y pasaron al frente a leerme a mí y a sus compañeros, los poemas de gatos famosos que habían estado escribiendo en la clase. Como un regalo. Como un acontecimiento. "Poeta es alguien que escribe poemas, nosotros escribimos estos poemas de gatos." 
Nosotros, que somos poetas -porque somos poetas, vamos- nos presentamos con ese título sólo cuando no nos queda otra, o cuando estamos entre nosotros, como si fuéramos una especie de logia. Por fuera de la logia, solemos presentarnos como poetas con timidez: nos ponemos un poco colorados y bajamos la vista. Sentimos pudor y, para compensar la imagen de nosotros mismos que formamos en el otro al decile "soy poeta", le aclaramos que también somos profesores o editores o empleados de X cosa, para que nadie crea que, por presentarnos como poetas, nos estamos creyendo seres excepcionales que tienen una vida por fuera de lo corriente, de la adaptación social promedio. Es como decir "sí bueno, soy poeta, pero, no creas que soy el juglar del medioevo, no creas que soy el loco del tarot, no creas que ardo por las noches escribiendo en compulsión desquiciada, perseguido por todos los demones de la inspiración o las sombras de mi alma. No. Yo soy poeta y también tengo un despertador en el celular que suena cada mañana y una cuenta en el banco con clave alfanumérica". 



Todos hacemos eso: yo lo hago, ustedes, amigos míos poetas, lo hacen también, los he visto. Pero miremos a los niños. O a los adolescentes -a hacer esto me enseñaron todos estos años, participando del festival de poesía en la escuela-. Ellos, que todavía no tienen cuenta bancaria y se rebelan con todas sus fuerzas al llamado del despertador, ellos piensan que un poeta es una persona excepcional. Piensan -siempre, siempre lo piensan- que el poeta es alguien famoso -tan homérico pensamiento-, una especie de rock star de la literatura. Piensan que el poeta es: un juglar, el loco del tarot y que se pasa las noches escribiendo, perseguido por todos los demones de la inspiración y las sombras del alma. Lo piensan, lo creen, quizá, simplemente, lo saben. Y nos les extraña que también seamos profesores, editores o empleados de X cosa. Es sólo que: no les importa. Están ahí, en la escuela de todos los días, donde aprenden a entrar en los moldes sociales. Están ahí, enérgicos, tiernos, hartos, divertidos, tristes, resistidos, vitales, nuevos. Está ahí y escuchan, prestan atención, y dejan que la escritura los parta, los libre. Y no románticamente digo los libre, concretamente lo digo: los libre de la hora de clase encerrados en el aula, los libre de estar sentados en el banco haciendo cosas por la nota del trimestre, los libre del marco institucional, del timbre que les marca el ritmo. Y nosotros, los poetas, entramos a la escuela, una vez al año y somos recibidos por ellos exactamente como el juglar, como el loco del tarot, como alguien que escribe de noche, atrapado por un fuego, sin que le importe nada el despertador. Y hacemos un suspenso. Y no es un romaticada ideal, esto que escribo.



 Esto que escribo es algo que pasa. Simplemente pasa, todos los años en todas las escuelas donde se hace el festival. Hay que estar ahí para vivirlo. Y vivirlo tiene que ser asumir también, nosotros, poetas, lo que somos. Bancar esa parada. Ese suspenso que es la poesía, ese regalo. Si un niño, si un adolescente entiende quienes realmente nosotros somos, nosotros también tenemos que hacerlo. Sin pudor decir, que somos el juglar, el loco del tarot, el fuego que escribe por la noche en el suspenso de todos los relojes. Hay que crecer, poetas, como Alicia, y salir por el techo para atravesar el bosque. Y como todos los años: gracias infinitas a Marisa Negri y Alejandra Correa por haber inventado y alimentado esta criatura maravillosa que es el festival, y que sigue creciendo cada año.

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